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Mostrando las entradas de 2015

Monólogo del pelo rucho

Me dijeron feo, sucio, duro Que yo era malo, que no servía Y debía cambiar Una eternidad viviendo en la sombra Escondiéndome, destruyéndome Que yo era malo porque era de negro, De negros, de negras Negra. Negra... Negra, como la penumbra Negra, como la selva Negra, como la muerte Como la nada, la oscuridad Negra, negra y mala Mala porque a ellos les da la gana Mala porque le temen Porque no la conocen y la aborrecen Y se lo creyó Y me lo creí No me quise más, Dudé de mí y me destruí Me alisé, me blanqueé Me negué a mí mismo Y empecé a morir Pero un día desperté No sé cómo ni por qué Me miré al espejo y quise vivir Hablé con ella y la convencí Se vio negra y fue feliz Se amó así y me quiso a mí Cortó lo "lindo" Lo blanco, lo falso Vio ante sus ojos una nueva verdad Ya era realmente ella No necesitaba más Salimos juntos a caminar Disfrutamos nuestra libertad Le dijeron que se peinara Que hiciera algo, que yo no la vacilaba Que yo...

Otra vez

Otra vez estás ahí. Sentada en el piso de tu cuarto, tratando de despedir a ese ser que  sientes amar. Te duele. Mucho. Más porque esta vez fue diferente. Por primera vez no te hizo sufrir. Por primera vez Él no tuvo la culpa, nadie la tuvo y eso te arde más. Sería más fácil decir que Él era un bobo, un imbécil que no te supo amar, pero no. Él sí te amó, te ama y de verdad. Y entonces te preguntas qué pasó, por qué tuvieron que terminar. Por qué si todo era bueno y lindo tuvo que acabar. Por un momento dudas de la justicia de la vida, pues es como si no tuvieras derecho a ser feliz con nadie. Pero en el fondo sabes que eso no es así y te calmas... un poco.  No eres capaz de moverte, de pararte. Lloras y ya. No tienes ganas de hacer nada más. Vuelves y piensas que es muy difícil todo. Y es que esta vez te cuesta más porque fuiste tú quien lo dejó ir. Fuiste tú quien le dijo "no más". Tú eres la que no puede estar más con Él. Tú eres la que le hace daño....

Fiebre de sábado de Petronio (1)

A las 10 de la mañana, cuadras con tus compinches cómo será el día. A qué hora se verán, dónde, cómo harán para entrar al VIP del concierto y qué vendrá después del festival. A la una o a las dos, lo importante es encontrarse allá.  Llegas a las Canchas Panamericanas en lo que puedas, carro, moto, bicicleta, una Ermita 5 o la P27C del Mío, no importa. Caminas, saludas a los que te encuentras por ahí. Ves una fila y te metes en ella; cuando notas que es la de los hombres y que la de las mujeres es cincuenta veces más corta, te alegras genuinamente porque por lo menos para hacer fila tiene ventaja ser mujer. Cuando llegas donde la policía, ya tienes el bolso abierto para que no desconfíe y, de paso, no se pille el dulce o el mecato que llevas encaletado.  Por fin, entras al complejo deportivo. Te recibe el grupo de marimba de la tarima más pequeña, esa que está debajo de un árbol. La ola de gente te ayuda a caminar, mientras buscas entre los afros y turba...

Jodida

Ayer fui a La Boquilla con mi mamá. Hace más o menos 15 años que vamos siempre al mismo lugar, donde nos atienden Robinson y su familia, nos tratan bien y la comida es rica. Como mi mamá no se quiso meter al mar, fui sola. Cuál fue mi sorpresa al salir y no encontrar mis chancletas.  Me sentí frustrada, indignada, ardida y con mucha rabia, puesto que nunca, en todo el tiempo que llevaba yendo a esa playa, me había pasado nada malo. Renegué y le deseé todos los males del mundo al miserable que me robó, que se le partieran las chancletas cuando empezara a caminar y etc. Sin embargo, volví a bañarme como si nada y cuando salí, mi mamá me dijo que el señor que estaba en el bohío de al lado le contó que quienes me robaron fueron dos niñas, que vieron las chancletas en la arena y empezaron a patearlas, como jugando fútbol y así se las llevaron. También le dijo a mi mamá que yo estaba jodida, que cómo se me ocurría dejar eso ahí con tanta confianza. Jodida. Me quedó sonando la pa...

Se busca un padre

Hace mucho tiempo yo tuve un padre. No sé cuándo, no sé dónde y tampoco sé cómo lo perdí. Ahora me cuesta recordar cómo era tenerlo, qué se sentía, las imágenes son borrosas, así como su voz.  Sé que una vez me llevó al río, pero el agua era muy fría y no me quise meter. Sé que estuve con él en Bogotá, que me quería y disfrutó mi compañía. Sé que él siempre me quiso, que no fui despreciada, mucho menos negada.  Hace tiempo lo tuve, por raticos, pero lo tuve. Él no me enseñó a montar bicicleta, a ver fútbol ni a nadar. Nunca se preocupó por la hora a la que llegara a la casa, porque "no me iba a dañar la juventud" y respetaba mi libertad. En cambio, siempre confió en que me hizo con una buena madre y en que no hacía falta más. Para mí eso estaba bien, me encantaba vivir en ese ambiente de libertad.  Mi padre nunca vivió en mi casa, porque él tenía la suya en otra ciudad. Entonces, aprendí a tener más de un lugar. Su casa era mi complejo vacacional, con piscina, h...

El peñón del Atlántico

Un peñón es, según la RAE un monte peñascoso.  En Cartagena, la palabra "peñón" se refiere a un embuste, a una mentira tan grande, tan dura, que cuando te la tiran, quedas adolorido.  Yo crecí con un peñón a cuestas y estoy segura de que no soy la única.  Cuando en el colegio me enseñaron la geografía colombiana me dijeron que el país tenía costa en el océano Atlántico y eso, amigas y amigos, no es más que un vil peñón.  La contradicción siempre estuvo ahí, pero como solo me importaba ganar los años no cuestioné el hecho de que mi región se llamara Caribe mientras la costa quedaba en el Atlántico.  Del Caribe se hablaba muy poco en esos días, estudiamos su geografía y en clase de historia recuerdo que fue muy poco lo que se comentó. Fue hasta que llegué a sexto semestre de la universidad, cuando la profesora Modesta Barrios me ayudó a dejar de cargar ese peñón.  Todos sabemos que la historia la cuentan los que mandan y así fue con el Caribe, p...

Velia

No recuerdo cómo, cuándo ni dónde conocí a Velia. Sé que fue hace mucho tiempo y eso me pone contenta.  Es más bajita que yo, más gordita y más viejita. Tiene la piel más oscura y muchas, muchas pecas. Su pelo negro y abundante es siempre el centro de atención, después de sus curvas, claro... y de sus lindas piernas.  Desde niña quiso ser maestra, de guitarra, de español, de lo que fuera, pero maestra. Creció con seis hermanos en una casa en la que la que la plata siempre venía y se iba, entonces entró a la universidad pública a estudiar una profesión que no le gustaba. Sin embargo, en el último año de clases se fue para La Nevera y allá empezó a ser y a hacer lo que quería.  Siempre fue muy unida a sus hermanas, sobre todo a Ana María, que en ese entonces era la mayor. Crecieron haciendo música juntas y hasta tuvieron una orquesta de salsa, con la que tocaban más y mejor que un poco de gente. Ahora (según Ana María) la mayor es Livia, abuelita de Dalinda...

¿Por qué no les gusta el afro?

Ser mujer no es algo fácil, menos si tienes el pelo rucho y mucho menos, si naces en Cartagena. Lo más probable es que además de crecer con la carga de machismo que hay en la ciudad, también te toque vivir con el complejo de sentirte fea y lamentar durante mucho tiempo el ser negra, pues la exclusión, el elitismo y la discriminación habituales en tu pueblo, dominan en el inconsciente colectivo y se encargan de decirte siempre que no vales lo suficiente y la única manera de salir adelante es negarte, blanquearte, en otra palabra: alisarte.  Como conté hace dos años , cortarme el pelo y dejarme el afro me cambió la vida. Desde ese domingo de octubre hasta hoy me han pasado muchas cosas relacionadas con el pelo, como que al llegar a mi casa mi mamá me recibiera con cara de terror porque según ella me veía igual a mi papá y que al día siguiente, mis alumnos de 4 años se burlaran y me dijeran calva.  He tenido que escuchar que muchos negros con el pelo igual de rucho que ...

Sobre Enrique, Martina y la Champeta

Hace una semana recibí un tuit en el que decían que esperaban mi respuesta al artículo titulado "Martina La Peligrosa puso de moda la champeta". Para mí fue una sorpresa porque esperaba que el mundo se hubiera olvidado de mí después de mi respuesta al vale de la diatriba contra Mr.Black y el Serrucho.  Estuve pensando toda la semana en cómo responder, porque no me considero la defensora oficial de los derechos de la champeta ni tengo un bagaje muy profundo en el tema. Simplemente soy una pelá que creció escuchándola -así como todos los cartageneros que crecimos allá- y que de un tiempo para acá le cogió gusto al género -pues yo también era de las que preferían quedarse calvas antes de reconocer que les gustaba la champeta o que eran champetúas-, al que ahora considero parte esencial de mi identidad cultural.  También recordé lo que sentí al leer la dichosa Diatriba contra el Serrucho y lo que me movió para responderle al vale, algo muy diferente de lo que generó ...

Preto

Preto es negro, tanto como su nombre. Tiene los ojos color marrón "dame comida" y un lunar blanco en el pecho para conquistar. A él le gusta comer comida, basura y pan. Nunca mastica, a menos que sea estrictamente necesario y cuando está lleno, se echa sus peos. Es callejero de nacimiento. Andundero, un negro liberto. Nunca pide permiso para salir, es solo que alguien abra la puerta y ahí va Preto ansioso hacia la libertad. Se ha recorrido todo San Antonio, y un día llegó hasta más allá del zoológico. Encontró un río cerca del Aguacatal pero no se metió porque no sabía nadar y para rematar, el agua estaba fría. Sin embargo lo metieron y como venganza, se sacudió, salpicando al insolente. Les tiene miedo a los niños, más aún a los bebés. A veces parece que los odia porque le quitan protagonismo y les saca los dientes; pero cuando lo regañan, empieza a chillar. Y chilla mucho, con voz de niña, de bebecita recién nacida. Sólo se calma si lo acarician o si le dan pan. Po...

Cuando una amiga se va

¿Qué hacer cuando una amiga se va? Acompañarla hasta la puerta del taxi, del bus, de la sala de espera del aeropuerto o hasta donde se pueda, con el corazón lleno de agujeros que quedarán siempre ahí, esperando que ella te hable, te escriba o quizás te visite para llenarlos y abrirse nuevamente, cuando ella se vuelva a ir. Ayudarla a hacer la maleta. Llenársela de bobadas, de regalos, de cartas con globos y corazones; de promesas de amistad eterna, de la ropa que siempre quiso y solo ahora se la quieres dar, de agradecimiento por todas las risas y las lágrimas, por las fiestas y los trancones en su compañía física o a través del celular. Y seguir llenando la maleta de recuerdos, los de toda la vida, de unos años o meses, los de ese simple instante en que nació la amistad, cuando nadie te notaba, cuando sentías que estabas sola y apareció ella, enviada, protectora, a cuidarte como nunca y sacarte del hueco en el que estabas, compartiendo su luz contigo. Sentarte con ell...

Sin Planes

A los 15 años hice mi proyecto de vida. Lo recuerdo sobre todo porque éste llegaba hasta los 22 y según yo, después de esa edad en la que todo estaría conforme el plan, haría uno nuevo.  Debía primero terminar la universidad y a la vez estudiar francés y música. Como iba a ser la mejor estudiante de la carrera, me iba a ganar una beca para ir a Francia a hacer una maestría en algo -lo que fuera- y a mis 22 años estaría becada y en París, leyendo el periódico mientras tomaba café.  Los que me conocen, saben que eso no fue así. Nunca fui realmente tan estudiosa como para esforzarme por sacar el primer puesto, o un promedio superior a 4.5; tampoco tenía la voluntad para cambiar el piano y la siesta vespertina por repasar lo estudiado por la mañana y mucho menos, me trasnochaba haciendo trabajos.  Al llegar a los 20 y darme cuenta de que nada estaba saliendo según lo planeado -pues, de todo lo que había previsto, sólo logré terminar la carrera y estudiar franc...