Sin Planes
A los 15 años hice mi proyecto de
vida. Lo recuerdo sobre todo porque éste llegaba hasta los 22 y según yo,
después de esa edad en la que todo estaría conforme el plan, haría uno
nuevo.
Debía primero terminar la
universidad y a la vez estudiar francés y música. Como iba a ser la mejor
estudiante de la carrera, me iba a ganar una beca para ir a Francia a hacer una
maestría en algo -lo que fuera- y a mis 22 años estaría becada y en París,
leyendo el periódico mientras tomaba café.
Los que me conocen, saben que eso
no fue así. Nunca fui realmente tan estudiosa como para esforzarme por sacar el
primer puesto, o un promedio superior a 4.5; tampoco tenía la voluntad para
cambiar el piano y la siesta vespertina por repasar lo estudiado por la mañana
y mucho menos, me trasnochaba haciendo trabajos.
Al llegar a los 20 y darme cuenta
de que nada estaba saliendo según lo planeado -pues, de todo lo que había
previsto, sólo logré terminar la carrera y estudiar francés, pero ni beca ni
viaje ni maestría-, sufrí mucho.
Siempre he sido llorona y durante
los primeros meses de ese año me regodeé en el llanto y la amargura porque nada
había salido como quería. Me quejé de la vida, de no ser hija de un jeque, de
haber sido floja en el estudio, del vecino y del calor. Después de la pataleta
y de una esclarecedora charla con mi tía, entendí que lo que debía hacer era
relajarme y dejar que todo fluyera. Entonces decidí que nunca más planearía
nada. Y así fue... durante todo ese año.
Al año siguiente estaba viviendo
en otra ciudad, con una nueva perspectiva de la vida y nuevos planes. Olvidé la
promesa que me había hecho y en mi mente ya estaba todo mi futuro organizado.
Como podrán adivinar, nada se dio como quería, otra vez.
Y esta vez, sin que fuera
necesaria ninguna pataleta, volví a decidir que no haría más planes por
una sencilla razón, que parece un lugar común pero es mi verdad: las mejores
cosas de la vida me han pasado sin estarlas buscando.
A pocos días de cumplir 23 años
-momento que mi mente de quinceañera nunca imaginó que llegaría- vivo una vida
inimaginada en la que todo funciona, todo se va dando y no tengo ningún estrés
por rendirle cuentas a lo que haya escrito en un papel.
Si bien, la Alexa de 15 soñaba con
cumplir su proyecto, el ser real que soy no estaba dispuesto a hacer lo
necesario para alcanzarlo, pues eso implicaría hacer esfuerzos para los que no
estaba listo y hoy sé que realmente no lo deseaba. Al recordar ese escrito
pensé en lo hueca que era al desear una vida para impresionar a otros, en vez
de para ser feliz.
Yo quería que se hablara de mí,
que la gente se deslumbrara con mi inteligencia, que mis papás se sintieran
orgullosos, que me aplaudieran y me abrazaran cual princesa que salva a su
pueblo de la muerte en la ignorancia. Planeaba y me angustiaba por cosas que a
nadie le importaban y me amargaba de solo pensar en que no las iba a alcanzar.
Todo cambió cuando empecé a dejarme llevar por la vida, en vez de
pelear con ella.
Cortarme
el pelo, vivir con mi papá, buscar trabajo fueron situaciones que me
ayudaron y fortalecieron. Hoy sigo soñando con mi futuro y aún me
asusto un poco al pensar que pueden salir las cosas al revés, pero al mirar
hacia atrás y ver que todo tuvo algo bueno, que de todo pude aprender y que
todo lo vivido me condujo hasta este presente tranquilo y lleno de cosas
buenas, siento un fresquito y sé que todo va a estar bien. Por eso este nuevo
año pienso vivirlo así, sin planes.
***
Pd: para las lloronas como yo,
aguanta escucharla a ella.
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