Ayer se me perdió la billetera. Ayer un taxista, llamado Eduardo, la encontró. Perderla fue la estocada final de una serie de eventos frustrantes. Que Eduardo la encontrara, llamara a todos los teléfonos de las tarjetas que había en ella para tratar de ubicarme y, finalmente, me la devolviera, me hizo tanto bien como si hubiera estado toda una mañana en La Boquilla disfrutando del mar. La solidaridad, como sea que se manifieste, es un abrazo que calma y tranquiliza. Lo sé, porque así me sentí al saber que alguien estaba siendo solidario conmigo. Ver que un extraño se pusiera en mis zapatos me hizo volver a pensar en ese Amor que gobierna todo lo que existe y que siempre está, pero que a veces, por estar metidos en nuestra burbuja de infelicidad no queremos ver. La cachetada más grande fue que, por encima de mi amargura voluntaria, ese Amor estuvo ahí, cuidándome, protegiéndome, ayudándome. Hoy pienso en mi mamá y en cómo se preocupó la primera vez que perdí la cédula, ...