Velia
No recuerdo cómo, cuándo ni dónde conocí a Velia. Sé que fue hace mucho tiempo y eso me pone contenta.
Es más bajita que yo, más gordita y más viejita. Tiene la piel más oscura y muchas, muchas pecas. Su pelo negro y abundante es siempre el centro de atención, después de sus curvas, claro... y de sus lindas piernas.
Desde niña quiso ser maestra, de guitarra, de español, de lo que fuera, pero maestra. Creció con seis hermanos en una casa en la que la que la plata siempre venía y se iba, entonces entró a la universidad pública a estudiar una profesión que no le gustaba. Sin embargo, en el último año de clases se fue para La Nevera y allá empezó a ser y a hacer lo que quería.
Siempre fue muy unida a sus hermanas, sobre todo a Ana María, que en ese entonces era la mayor. Crecieron haciendo música juntas y hasta tuvieron una orquesta de salsa, con la que tocaban más y mejor que un poco de gente. Ahora (según Ana María) la mayor es Livia, abuelita de Dalinda, quien es hija de Carolina, la hermana menor. Cuando Livia nació, Velia sintió mucha rabia y cuenta la leyenda que -siendo aún una bebé- intentó asesinarla.
Es que Velia es muy pasional, tanto como es sentimental. Cuando quiere algo o a alguien es con toda, por siempre, sin medidas y sin restricciones. Pero cuando no... mejor dejo eso así. Lo bueno es que son pocas las personas a las que ella no quiere. Lo mejor es que es muy pacífica y solo ataca cuando se siente amenazada.
Siempre la he visto como una leona: fuerte, bonita, responsable y protectora. Desde que la conozco está luchando por salir adelante, por no dejarse ganar de las dificultades. Hubo una época en la que se quedó sin trabajo fijo, porque el colegio donde enseñaba música no le quiso respetar sus derechos y prefirió salir de ahí antes de ser esclava. Entonces, siguió enseñando desde la mañana hasta la tarde y por la noche, tocaba con su familia en el mariachi. Con eso se sostuvo durante varios años y también sostuvo a su cachorra, por la que el papá no siempre respondía a tiempo. Hizo todo tan bien, que yo nunca vi cuán difícil era esa situación realmente.
Velia, como Raquel, su mamá, tiene muchas cosas de bruja. Eso sí, más tiene Ana María. Pero Velia es muy intuitiva, solo que todavía no lo sabe controlar. Suele advertirme las cosas y yo nunca le hago caso, pero siempre tiene la razón. Esa intuición la guía y la salva de peligros, como la vez que espantó a un ladrón gritando con todas sus fuerzas "¡MAMÁAAAAAAA!". El ladrón corrió y ella también, pero en dirección contraria, hasta que llegó a donde su mamá con todos sus bienes y sin un rasguño.
Es un poco torpe, lo tiene que admitir. Se partió el brazo una vez en una mudanza, otro día se cayó de una silla y a veces, cuando en Cartagena hay mucha brisa, se enreda con la bota de los pantalones. Eso muestra su parte vulnerable, que pocos ven, porque suele presentarse siempre como una guerrera, una amazona, una amenaza.
Pero Velia es muy linda, muy buena persona y no lo digo porque la quiero. Siempre está contando anécdotas, del colegio, de su familia, de la calle. Todo el mundo la quiere y la recuerda, por lo sonriente, por lo amigable, por lo bonita. Recuerdo que me desesperaba salir con ella, porque saludaba a media ciudad. Pero ahora veo que eso no era malo, al contrario, mostraba lo querible y amable que es.
Y también es muy cuidadosa, muy delicada. Ama a sus sobrinos tanto como a su hija y, aunque pelea, siempre tiene en mente el valor de la familia. Pinta, toca guitarra, borda, teje, cocina y enseña. Todo el tiempo enseña, como Livia, que tampoco lo puede evitar.
Recuerdo verla llorar muchas veces, por rabia, por dolor, por amor. Es que es muy sensible, muy sentimental y todavía no se da cuenta. Siempre me ha dicho que no llore tanto, que no sea tan emocional, pero eso lo aprendí de ella. Y es chistoso cómo me ve llorar y enseguida empieza a hacerme coro.
Me encanta molestarla y hacerla reír. Ahora le hablo como si fuera una bebé, le hago puchero y me mira con ternura. Sus ojos claroscuros brillan, diciéndome lo mucho que me ama y me alegra la vida.
Yo la extraño, pero no siempre se lo digo, porque sé que el corazón le late diferente si oye esas palabras y le dan ganas de venirse para acá conmigo. Tampoco le digo cuando me enfermo o cuando tengo un mal día, porque no quiero que se preocupe. Ya lo hizo toda la vida.
No digo que sea la mejor mamá del mundo, porque esa es la competencia más tonta, pero es la mejor que pude tener, es perfecta para mí y por eso quiero verla siempre feliz.
Es más bajita que yo, más gordita y más viejita. Tiene la piel más oscura y muchas, muchas pecas. Su pelo negro y abundante es siempre el centro de atención, después de sus curvas, claro... y de sus lindas piernas.
Desde niña quiso ser maestra, de guitarra, de español, de lo que fuera, pero maestra. Creció con seis hermanos en una casa en la que la que la plata siempre venía y se iba, entonces entró a la universidad pública a estudiar una profesión que no le gustaba. Sin embargo, en el último año de clases se fue para La Nevera y allá empezó a ser y a hacer lo que quería.
Siempre fue muy unida a sus hermanas, sobre todo a Ana María, que en ese entonces era la mayor. Crecieron haciendo música juntas y hasta tuvieron una orquesta de salsa, con la que tocaban más y mejor que un poco de gente. Ahora (según Ana María) la mayor es Livia, abuelita de Dalinda, quien es hija de Carolina, la hermana menor. Cuando Livia nació, Velia sintió mucha rabia y cuenta la leyenda que -siendo aún una bebé- intentó asesinarla.
Es que Velia es muy pasional, tanto como es sentimental. Cuando quiere algo o a alguien es con toda, por siempre, sin medidas y sin restricciones. Pero cuando no... mejor dejo eso así. Lo bueno es que son pocas las personas a las que ella no quiere. Lo mejor es que es muy pacífica y solo ataca cuando se siente amenazada.
Siempre la he visto como una leona: fuerte, bonita, responsable y protectora. Desde que la conozco está luchando por salir adelante, por no dejarse ganar de las dificultades. Hubo una época en la que se quedó sin trabajo fijo, porque el colegio donde enseñaba música no le quiso respetar sus derechos y prefirió salir de ahí antes de ser esclava. Entonces, siguió enseñando desde la mañana hasta la tarde y por la noche, tocaba con su familia en el mariachi. Con eso se sostuvo durante varios años y también sostuvo a su cachorra, por la que el papá no siempre respondía a tiempo. Hizo todo tan bien, que yo nunca vi cuán difícil era esa situación realmente.
Velia, como Raquel, su mamá, tiene muchas cosas de bruja. Eso sí, más tiene Ana María. Pero Velia es muy intuitiva, solo que todavía no lo sabe controlar. Suele advertirme las cosas y yo nunca le hago caso, pero siempre tiene la razón. Esa intuición la guía y la salva de peligros, como la vez que espantó a un ladrón gritando con todas sus fuerzas "¡MAMÁAAAAAAA!". El ladrón corrió y ella también, pero en dirección contraria, hasta que llegó a donde su mamá con todos sus bienes y sin un rasguño.
Es un poco torpe, lo tiene que admitir. Se partió el brazo una vez en una mudanza, otro día se cayó de una silla y a veces, cuando en Cartagena hay mucha brisa, se enreda con la bota de los pantalones. Eso muestra su parte vulnerable, que pocos ven, porque suele presentarse siempre como una guerrera, una amazona, una amenaza.
Pero Velia es muy linda, muy buena persona y no lo digo porque la quiero. Siempre está contando anécdotas, del colegio, de su familia, de la calle. Todo el mundo la quiere y la recuerda, por lo sonriente, por lo amigable, por lo bonita. Recuerdo que me desesperaba salir con ella, porque saludaba a media ciudad. Pero ahora veo que eso no era malo, al contrario, mostraba lo querible y amable que es.
Y también es muy cuidadosa, muy delicada. Ama a sus sobrinos tanto como a su hija y, aunque pelea, siempre tiene en mente el valor de la familia. Pinta, toca guitarra, borda, teje, cocina y enseña. Todo el tiempo enseña, como Livia, que tampoco lo puede evitar.
Recuerdo verla llorar muchas veces, por rabia, por dolor, por amor. Es que es muy sensible, muy sentimental y todavía no se da cuenta. Siempre me ha dicho que no llore tanto, que no sea tan emocional, pero eso lo aprendí de ella. Y es chistoso cómo me ve llorar y enseguida empieza a hacerme coro.
Me encanta molestarla y hacerla reír. Ahora le hablo como si fuera una bebé, le hago puchero y me mira con ternura. Sus ojos claroscuros brillan, diciéndome lo mucho que me ama y me alegra la vida.
Yo la extraño, pero no siempre se lo digo, porque sé que el corazón le late diferente si oye esas palabras y le dan ganas de venirse para acá conmigo. Tampoco le digo cuando me enfermo o cuando tengo un mal día, porque no quiero que se preocupe. Ya lo hizo toda la vida.
No digo que sea la mejor mamá del mundo, porque esa es la competencia más tonta, pero es la mejor que pude tener, es perfecta para mí y por eso quiero verla siempre feliz.
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