Fiebre de sábado de Petronio (1)
A las 10 de la mañana, cuadras con tus compinches cómo será el día. A qué hora se verán, dónde, cómo harán para entrar al VIP del concierto y qué vendrá después del festival. A la una o a las dos, lo importante es encontrarse allá.
Llegas a las Canchas Panamericanas en lo que puedas, carro, moto, bicicleta, una Ermita 5 o la P27C del Mío, no importa. Caminas, saludas a los que te encuentras por ahí. Ves una fila y te metes en ella; cuando notas que es la de los hombres y que la de las mujeres es cincuenta veces más corta, te alegras genuinamente porque por lo menos para hacer fila tiene ventaja ser mujer. Cuando llegas donde la policía, ya tienes el bolso abierto para que no desconfíe y, de paso, no se pille el dulce o el mecato que llevas encaletado.
Por fin, entras al complejo deportivo. Te recibe el grupo de marimba de la tarima más pequeña, esa que está debajo de un árbol. La ola de gente te ayuda a caminar, mientras buscas entre los afros y turbantes las caras conocidas. Por primera vez en los años que llevas yendo al Festival, te das cuenta de que en la parte de atrás, por la entrada del parqueadero está el "Quilombo", la parte didáctica, tan llena como la ciudadela, con la misma vida y con actividades para todos los asistentes.
Dentro del Quilombo, llegas al stand de "Tejiendo Esperanzas", donde está la maestra Emilia Valencia, peinando a una niña. Ella es la directora de la Asociación de Mujeres Afrocolombianas (Amafrocol), organización que trabaja desde hace muchos años por "el mejoramiento de la calidad de vida del pueblo afro, a través de acciones afirmativas". Amafrocol realiza hace 11 años el concurso de peinados afro "Tejiendo Esperanzas", que no solo premia a las mejores peinadoras, sino que desarrolla una programación académica en la que los asistentes (afros o no) pueden conocer, reconocerse y aprender cada vez más sobre la cultura afro.
Ahí está Nat, la compinche mayor, esperando a que la maestra Emilia termine y la peine. Al lado de ella, Ángela, su amiga bogotana que viene a conocer y disfrutar el festival. La profesora Emilia te saluda y te hace un comentario sobre tu pelo y luego te das cuenta de que un vale te ha tomado una foto por la espalda, cual paparazzi.
Nat le insiste a Emilia en que quiere que ella la peine y ésta le responde que ella ya ha peinado mucho, que peinó durante toda la universidad y así fue como se mantuvo, que aquí lo hace, solo porque es algo didáctico, pero que vaya al otro stand y ahí la peinan las muchachas. Tú resumes su argumento en una frase de tu mamá "ese curso ya lo hice" y entiendes que la profesora ahora está en la etapa de formar a las nuevas generaciones, no en la de vivir de los peinados. Llega Tatiana y se completa el combo. El acuerdo es verse después de que se acabe el concierto, para decidir qué más hacer.
Vuelves con tus amigas (menos Tatiana, que tiene que trabajar) a la ciudadela central. Te antojas de todo, que el turbante, que el peinado, que el tratamiento de borojó que "¡Ay! los aretes con el mapa del Chocó", que sería bueno comerse una empanada, que ese pelao tan lindo de dónde vendrá, que ¡¿por qué no trajiste más plata?! Y como no se puede tener todo en esta vida, escoges un turbante y sigues caminando como si nada, mirando hacia los lados y hacia el cielo que te regala uno de esos atardeceres caleños que invitan a ser feliz.
Las chontudas
El stand #8 es también de Amafrocol. Tres muchachas, que seguramente no llegan a los 25 años, se encargan de dibujar su tradición en las cabezas de la gente, mientras peinan, sonríen y hablan entre ellas. Trenzar no parece más una obligación, ni una necesidad para escapar. Al contrario, hacen ver que disfrutan la oportunidad de mostrarse, mostrar su cultura, el amor a sus pelos, su herencia, su verdad, en un espacio en el que juegan como locales y en el que son las reinas, porque son quienes saben lo que hacen.
Mientras Nat se peina, tú te das una vuelta por ahí. Llegas al stand #10 dónde están Malle Beleño y Victoria Gómez Mena, dos chocoanas, miembros del grupo de Facebook "Entre Chontudas". Si bien, todavía te cuesta decir que eres una chontuda -porque en tu tierra y con tu acento siempre fuiste "pelo rucho" y nunca en la vida has visto una palma de chonta-, las saludas con alegría y te identificas como una más del grupo.
En el puesto de las chontudas encuentras todo lo que puede hacer feliz a una mujer negra en proceso de redescubrimiento y empoderamiento: tratamientos naturales para el cabello, ¡LOS ARETES CON EL MAPA DEL CHOCÓ! camisetas estampadas con siluetas de mujeres afro, turbantes, collares, perendengues, colores y sonrisas de otras pelás como tú, que ya pasaron por tu mismo proceso y que ahora se encargan de visibilizar su cultura con respeto y honor; pero sobre todo, con mucho estilo y creatividad.
Les cuentas que aunque hace tiempo estás en el grupo de Facebook, sigues siendo de las que solo dan "me gusta" en las publicaciones y agradecen mucho lo que ellas hacen al compartir sus vivencias y conocimientos. Te invitan a dejar la pena y aportar más, te sonríen y te sientes en familia, una chontuda más.
De regreso al stand de Amafrocol, te cruzas con una chica muy alta y con el afro muy grande, que lleva una camiseta que dice "Mi cabello, mi resistencia". Te entrega una tarjeta y te explica que están haciendo una campaña para que las mujeres afro reafirmen su relación con el cabello al contestar con firmeza a esas expresiones despectivas que mucha gente sigue lanzando hacia ellas y su pelo. Le preguntas de dónde viene esa idea y te dice que ella hace parte del grupo "Entre Chontudas", "¡Ay, yo también estoy ahí!". Se ríen y ya no necesita explicarte más porque las dos entienden de qué se trata todo eso.
A Nat la terminan de peinar y se vuelven a reunir ella, Ángela (la cachaca) y tú para entrar al concierto. Pero antes, llevas a Nat al stand chontudo a que se compre un turbante. Caminas feliz por estar ahí, por la alegría en general que se siente, porque pocas veces has visto tantos negros juntos y felices, porque no hace calor, porque todo está bien.
Son las 6 de la tarde.
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