El peñón del Atlántico

Un peñón es, según la RAE un monte peñascoso. En Cartagena, la palabra "peñón" se refiere a un embuste, a una mentira tan grande, tan dura, que cuando te la tiran, quedas adolorido. Yo crecí con un peñón a cuestas y estoy segura de que no soy la única. 

Cuando en el colegio me enseñaron la geografía colombiana me dijeron que el país tenía costa en el océano Atlántico y eso, amigas y amigos, no es más que un vil peñón. La contradicción siempre estuvo ahí, pero como solo me importaba ganar los años no cuestioné el hecho de que mi región se llamara Caribe mientras la costa quedaba en el Atlántico. 

Del Caribe se hablaba muy poco en esos días, estudiamos su geografía y en clase de historia recuerdo que fue muy poco lo que se comentó. Fue hasta que llegué a sexto semestre de la universidad, cuando la profesora Modesta Barrios me ayudó a dejar de cargar ese peñón. 

Todos sabemos que la historia la cuentan los que mandan y así fue con el Caribe, pues hace mucho tiempo fue invisibilizado por la élite cachaca que gobernaba y que se avergonzaba de que su país tuviera algo que ver con el mar y las tierras de esos indios salvajes y caníbales, que para ellos eran los Caribes. Entonces, se inventaron esa vaina de la Costa Atlántica, porque el océano Atlántico era más chic, quedando escondida la verdadera historia de nuestra región. Hoy me pican las orejas cada vez que alguien me dice que soy de la "Costa Atlántica" y les voy a explicar por qué. 

Si bien el mar Caribe hace parte del océano Atlántico, éste último no llega a tocar propiamente nuestras playas y hay varias diferencias entre el mar y el océano, como que el mar está rodeado de tierra, mientras que el océano es una gran masa de agua. Pero eso no es lo más importante. 

El asunto aquí es que el Atlántico no es tan importante en mi identidad como el Caribe. No lo suficiente como para aceptar ese cambio de nombres. Sí, está bien, por el Atlántico fue que vinieron los negros de África y todo eso, ajá. Pero es más bien una historia triste, de destierro y violencia de la que solo rescato el permitirme ser descendiente de los que fueron esclavizados. Del resto, el Atlántico me recuerda al iceberg del Titanic y al triángulo de las Bermudas. 

En cambio el Caribe... eso es otra cosa. De ser la tierra de tribus guerreras, fuertes y navegantes, pasó a ser epicentro del intercambio cultural más rico que hay. En el Caribe se mezclaron indias con negros, blancos con indias, blancas con negros, hombre con hombre, mujer con mujer... En fin, de tantas mezclas nacieron la comida más rica, la mejor música, los acentos más divertidos, deportistas, escritores, revoluciones, alegrías, cocadas y caballitos. Lo que hoy me identifica. Nacieron mi mamá, mi abuela y mis tías.  

Por eso es que hoy digo: yo me quedo con el Caribe, con sus historias de flechas envenenadas y calaveras a la entrada de las casas. Me quedo con la gastronomía, los boleros y el bullerengue. Me quedo con Macondo, con la gente chévere así el sol esté caliente y no, no me digan Atlántico porque esa vaina no la conozco. 

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