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Mostrando las entradas de 2013

Indulgencia

La indulgencia es un sentimiento que hace que solo veamos lo bueno de las personas, situaciones y cosas. Cuando somos indulgentes, no nos fijamos en lo que el otro hace o tiene de malo y si nos damos cuenta de ello, buscamos una excusa para disculparlo, pues reconocemos que nosotros tampoco somos perfectos y que todos tenemos derecho a equivocarnos. Yo tengo un libro de mensajes que abro al azar antes de dormir. Durante un año, el mensaje que habla de la indulgencia me salió casi que todas las noches. Lo leí tanto que llegué a aprenderme el primer párrafo de memoria: "Amigos, hoy vengo a hablaros de la indulgencia, de este sentimiento tan dulce, tan fraternal, que todo hombre debe tener para con sus hermanos, pero que muy pocos practican." En otra parte, el mensaje dice: "La indulgencia nunca se ocupa de los actos malos de los demás [...] No hace observaciones que choquen, ni tiene reproches en los labios, sino consejos, lo más a menudo disfrazados". Y fin...

La pelo rucho acomplejada

Hola, mi nombre es Alexa. Hace seis meses dejé de ser una pelo rucho acomplejada y ésta es mi historia:  Cuando era chiquita odiaba mi pelo. Soñaba con tenerlo como Pocahontas, por lo que verme en el espejo era mi mayor sufrimiento. Peinarme era lo peor que me podía pasar -no sé qué tantas cosas malas me podían pasar a los 5 años, pero peinarme era la peor- y crecí así, luchando con mi realidad.  En 1997 hacía primero de primaria y estudiaba con una niña que me odiaba tanto como yo a ella. Ella era blanca, bajita, flaquita, de pelo claro y liso, muy liso. Yo era "canelita" (negra no, eso nunca), alta, nalgona y pelo rucho. Yo era muy callada y no recuerdo tener muchos amiguitos en esa época. Ella, en cambio, era la niña a la que todos seguían, ella decidía quién jugaba, qué se jugaba, quién ganaba y quién perdía. Recuerdo que una vez le pedí que me dejara jugar y me dijo que no, porque tenía el pelo rucho. Nadie me defendió y en ese recreo no jugué.  Ese...

¡Hombres!

Yo no era de las mujeres que dicen con rabia "todos los hombres son iguales". Cuando mis amigas empezaban a repetir esa frase en las conversaciones, me quedaba callada porque no estaba de acuerdo. No recuerdo haberla dicho ni siquiera cuando estaba ardida por mis fracasos amorosos. Yo no usaba esa expresión hasta que vine a vivir con mi papá.  Mi papá se crió en una de esas familias en las que la casa parece siempre un hotel. Desde hace más de sesenta años, los Lozano Murillo reciben las visitas de familiares y amigos con dedicación y esmero. Cuando mi papá era niño, mis abuelos hacían que los hijos durmieran en el piso para darle las camas a los visitantes. Mi papá quedó con la hospitalidad grabada en el alma, pero hizo un avance al destinar en su casa un cuarto para los huéspedes y que así los hijos no tuvieran que dormir en el suelo.  Desde que estoy aquí, el cuarto ha sido usado tanto por hombres como mujeres y casi todo ha estado bien. El único problema, que...

La viejita

Recuerdo que fue un miércoles de febrero cuando vi a la viejita. Mi papá estaba trabajando en su último Cd y ese día se me dio por ir al estudio con él. Allá estuvimos hasta después de las nueve de la noche, cuando terminó de grabar una guitarra.   Nos fuimos a comer a un asadero cercano al estudio. Yo pedí un lomo de caracho y mi papá, un chorizo de res que olía a salchicha ranchera. Terminamos de comer y justo cuando nos estábamos levantando llegó ella, la viejita. Se me hizo raro que se nos acercara y me dio pena que fuera a pensar que me había puesto de pie apurada para no hablarle. Pero ahora creo que ella debía estar más pendiente de nada, que de mis actos.   La viejita, que aparentaba más de 70 años, medía un metro y medio y estaba encorvada, llevaba un vestido rojo brillante, de una tela parecida al terciopelo, con solapas y el borde de abajo en negro. Su pelo blanco, liso y abundante, estaba partido por la mitad, con un ganchito a cada lado. En una de la...