Quemar las naves

Hace cinco años, yo estaba recién llegada a Cali. Vivía con mi papá, mi prima y su hijo y me sentía bastante perdida en cuanto a lo que quería hacer con mi vida. Yo misma no entendía muy bien por qué me había venido para acá, a hacer qué o buscando qué. 

La hora del almuerzo era el espacio imperdible de reunión familiar en el que hablábamos de todo, desde las tareas de Sergio, que en ese entonces estaba en primero de primaria, hasta asuntos trascendentales como el futuro del país y lo que pasaría con nosotros cuando muriéramos. 

Fue en una de esas tardes que mi papá me dijo que yo tenía que quemar las naves. Menos mal que me explicó de inmediato el significado de la expresión, porque yo no había entendido nada. "Quemar las naves" es decidirse a hacer algo sin mirar atrás. Es una expresión nacida de la guerra, cuando un general (Cortés, Alejandro Magno o quien fuera) ordenó a todo su ejercitó quemar sus barcos para que nadie pudiera huir y afrontara con fiereza la batalla. Si habían de volver a sus hogares, lo harían en los barcos del adversario. 

A pesar de haber entendido, no logré comprender (mi cerebro decodificó, hizo sus conexiones y asociaciones, les dio un sentido lógico, abstracto, pero sin vivir la experiencia aún) y archivé la información en el cajón de las lecciones de papá. En esos tiempos, también hablábamos mucho sobre la necesidad de independizarse los hijos de los padres, de formar el propio nido, de atreverse a volar. 

Quemar las naves cuesta, por donde lo miremos, implica el esfuerzo de acabar con eso que nos da seguridad y lanzarnos a la guerra dispuestos únicamente a ganar, porque si quisiéramos perder o huir, conservaríamos nuestros barcos. Es entender que la comodidad es enemiga de la felicidad, lo que nos llevará a incomodarnos, para lograr eso que realmente nos satisfará. 

Entonces, quemar las naves sería, por ejemplo, dejar de usar ese jean que ya no nos queda tan bien como antes, que se decoloró y además está roto en el nié, pero que no nos deshacemos de él porque es cómodo y simplemente estamos acostumbrados a usarlo. Sería también renunciar a ese trabajo, que en principio dijimos que sería temporal, pero en el que nos mantenemos porque no queremos volver a la libertad del desempleo, o porque nos da miedo emprender y que nos vaya mal. Podría ser cambiarnos de ciudad, irnos de la casa de nuestros papás, perdonar a esa persona, cancelar el contrato con Claro, dejar a la pareja que sabemos que no amamos "pero ajá, estamos bien, no tengo razones para terminar"... En fin, atrevernos a tomar decisiones y vivirlas, sin pensar en las pérdidas que implican y teniendo en mente lo que podemos ganar. 

Mi papá hablaba mucho de los pajaritos y siempre nos los ponía de ejemplo en sus lecciones. Recuerdo la rabia que me daba cuando él hablaba de la crianza de los pájaros, porque la mamá obligaba a los polluelos a volar solos, y yo sentía que me estaba echando de la casa, que no me quería ver más ahí... y de pronto sí, pero bueno, yo me fui cuando quise, a mí no me empujaron. 

En este tiempo han pasado muchas cosas, yo he crecido un poquito y he cambiado otro poco, ya quemé una parte de la flota y voy por más. No me atrevo a decir que soy una quemadora de naves consagrada, pues todavía doy espacio a la duda antes de ejecutar ciertas decisiones, sin embargo, hoy siento la necesidad de hacerlo, veo la importancia de soltar el flotador, de quitarle las llantas de atrás a la bicicleta y atreverme a andar sola, caerme, rasparme, tragar agua y  enfrentar lo que venga, porque es la única forma de crecer. 

#BurnItUp

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