María Dolores (1)

A María Dolores no le gustaba su vida. No le gustaba ser ella. No le gustaba nada. Vivía soñando día y noche con ser diferente, con ser otra persona, con irse de donde estaba, tener otro nombre, cambiarlo todo y no vivir su realidad. 

De sí misma había un par de cosas que sí le gustaban, como cuando decía que se llamaba Malo y la gente ponía cara de susto y lo bonito que se veía su pecho cuando usaba blusas con escote redondo. Sí, eso le gustaba, pero el resto lo despreciaba y no sabía por qué. 

Cuando tenía seis años, en clase de español, le enseñaron lo que era un diccionario y cómo usarlo. María Dolores quedó fascinada pues pensó que ahí encontraría las respuestas a todas sus preguntas. 

"Vida:

Del lat. vita.

1. f. Fuerza o actividad esencial mediante la que obra el ser que la posee. 

2. f. Energía de los seres orgánicos. 

3. f. Hecho de estar vivo. 

4. f. Existencia de seres vivos en un lugar. 

5. f. Ser vivo.
6. f. Manera de vivir."


Paró de leer porque cada nueva respuesta sobre lo que era la vida le generaba más preguntas. ¿Qué era "esencial"? ¿Energía? ¿Qué era "existencia"? ¿Qué significaba "manera"? María Dolores decidió que cada día buscaría en el diccionario la respuesta a una de sus preguntas y que anotaría cada palabra nueva que le fuera desconocida, para así buscarla y, algún día, sabría y entendería tanto que no necesitaría preguntar más. 

Sin embargo, a pesar de la disciplina con que había buscado, anotado y clasificado las palabras, María Dolores a sus 23 años tenía aún muchas preguntas por responder. 

***

El día en que empezó esta historia, María Dolores se levantó a las 10 de la mañana. Abrío los ojos asustada e insultó al celular porque no sonó la alarma. En seguida, le pidió perdón (sí, al celular) cuando vio que ella misma no la había programado y se quedó inmóvil, sentada en el borde de la cama, debatiendo internamente si ir a esa reunión o decir que estaba enferma y quedarse durmiendo dos horas más. 

Justo cuando se iba a dejar caer de nuevo sobre la cama, le entró una llamada. Era María Luisa. Llamaba para decirle que bajara al primer piso, que estaban en la sala, esperándola para hablar. María Dolores encontró la excusa perfecta para no ir a la reunión. Llamó a José y le dijo que se había presentado una emergencia familiar, que probablemente tendrían que viajar y que no podría empezar a trabajar ese día. Le agradeció la confianza puesta en ella y, apenas colgó, se ovacionó. Se aplaudió y se pidió autógrafos pues, era muy buena actriz y tenía que reconocerlo. 

Sin siquiera quitarse las legañas, bajó las escaleras, ansiosa por saber qué tendrían para decirle su mamá y su hermana. 

María Isabel, su mamá, le sirvió un plato lleno de papaya picada, que María Dolores comió con afán. "Entonces, Macha, ¿Qué es lo que pasa?". La madre y la hermana se miraron en silencio y María Dolores torció los ojos. No había nada que la irritara tanto como la solemnidad de la gente a la hora de decir las cosas. En ese momento se imaginó que las veía como en una novela, primer plano al rostro de una y luego al de la otra. Música incidental en compás de 2/4, los violines haciendo una disonancia y la percusión tocando en crescendo

"¡Hey! Malo, ¿Qué te pasa?" María Dolores se encontró de repente con el primerísimo primer plano de la nariz de su hermana, acompañado de su aliento a huevo cocido. Apartó la cara con un "¡Fo! Procura lavarte esa boca" y Macha -apodo que María Dolores puso a su madre cuando descubrió que a las Isabel les decían "Chabela", en venganza por darle ese nombre que la "condenaba al sufrimiento" y que ella detestaba- las mandó a callar antes de que empezaran a discutir. 

Hubo silencio por un instante y María Dolores interrumpió con un "¿y entonces, Macha?". La mujer cogió su agenda, que estaba en la mesa, y le informó a María Dolores que había recibido un correo de la agencia de viajes, que ya tenían los pasajes para las tres y se mudaban (otra vez) dentro de una semana para su ciudad natal. 

María Luisa dio un gritico de felicidad y abrazó a su hermana, quien se quedó petrificada y seria al oír la noticia... 

Volver. Ese verbo le daba náuseas. 

Volver:
Del lat. volvēre 'hacer rodar, voltear', 'enrollar', 'desenrollar'. 
1. tr. Dar vuelta o vueltas a algo. 
20. intr. Ir al lugar de donde se partió. 

A María Dolores no le gustaba eso de dar vueltas. Cuando siendo niña jugaba con su hermana, a agarrarse de las manos y girar, siempre terminaba golpeada y el mareo le duraba el doble de tiempo que a María Luisa. Siempre odió la clase de Educación Física porque el profesor los mandaba a darle vueltas al colegio y ella no le veía el sentido a correr en círculos. Cuando salía a bailar, se ponía tensa y terminaba mirando mal a los parejos, hasta que les susurraba al oído un cortante "no me des vueltas",  que los asustaba y no la volvían a sacar a bailar. 

Volver. "Ir al lugar de donde se partió". ¿Para qué? Si se partió de ese lugar, sería por alguna razón. ¿Qué gracia tendría regresar ahí? 

Escuchaba a lo lejos a su hermana y a su mamá celebrando, planeando, felices anticipadamente por lo felices que se imaginaban que serían cuando estuvieran de nuevo allá. Hablaban del mar, del sol, de las calles estrechas de su barrio. De la alegría de oír a los vendedores con sus cantos particulares, de ver de nuevo a la familia y compartir las tardes sentadas en la terraza de los abuelos. 

María Dolores las escuchaba y con cada cosa que las emocionaba, ella sentía escalofríos. No le gustaba ni el sol ni el mar ni ese calor húmedo que la mantenía sudando. Los vendedores siempre le parecieron unos maleducados que gritaban justo cuando ella quería dormir o concentrarse en algo. Sentarse con la familia en la terraza le daba ansiedad, pues no entendía por qué se reían tanto cuando sus vidas estaban llenas de problemas, eran pobres, feos y enfermos. 

Definitivamente, María Dolores no quería volver, pero no podía decirlo, además ¿qué podía hacer?

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