De los Ángeles

Ayer se me perdió la billetera. Ayer un taxista, llamado Eduardo, la encontró.

Perderla fue la estocada final de una serie de eventos frustrantes.

Que Eduardo la encontrara, llamara a todos los teléfonos de las tarjetas que había en ella para tratar de ubicarme y, finalmente, me la devolviera, me hizo tanto bien como si hubiera estado toda una mañana en La Boquilla disfrutando del mar.

La solidaridad, como sea que se manifieste, es un abrazo que calma y tranquiliza. Lo sé, porque así me sentí al saber que alguien estaba siendo solidario conmigo. Ver que un extraño se pusiera en mis zapatos me hizo volver a pensar en ese Amor que gobierna todo lo que existe y que siempre está, pero que a veces, por estar metidos en nuestra burbuja de infelicidad no queremos ver. La cachetada más grande fue que, por encima de mi amargura voluntaria, ese Amor estuvo ahí, cuidándome, protegiéndome, ayudándome.

Hoy pienso en mi mamá y en cómo se preocupó la primera vez que perdí la cédula, pues le inquietaba que alguien la fuera a encontrar y la usara para meterme en problemas. Pienso que las cosas siempre podrían ser peores y aún así, no lo son.

Yo soy Alexa De los Ángeles, no porque sea mi nombre, sino porque creo en que Ellos me protegen. La palabra ángel, etimológicamente, significa mensajero y creo en que esa protección que me dan siempre, me está enviando un mensaje.

Eduardo ayer se convirtió en uno más de mis ángeles, pues su acción fue un llamado a no perder ni la fe ni la esperanza, para recordar ese Amor que a todos nos ama y que depende de nosotros verlo, aceptarlo y aprovecharlo.

Si aún les queda la duda, sí, el Amor al que me refiero es Dios. Y la placa del carro que maneja Eduardo es VCT744.

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