María Dolores (2)

Subió al cuarto sin haber probado el desayuno. Puso el seguro en la puerta y se tiró en la cama boca abajo, una pierna estirada y la otra flexionada, las manos dentro del pelo, los ojos bien abiertos sin mirar hacia ningún lugar en especial. María Dolores ya no estaba ahí. 

Por su mente pasaban cosas que nadie sabría nunca porque ella no las contaría. En ese momento estaba viendo la película de su vida soñada, esa en la que el pasaje que tenía la llevaba fuera del país, directo a una ciudad antigua en la que conocía gente nueva, aprendía otro idioma, compraba diccionarios, estudiaba, leía, tomaba café y era feliz. Se veía a sí misma yendo al cine, a ver películas sin subtítulos en un idioma que no terminaba de aprender. A la salida del cine se encontraba un gato, a veces un conejo (le hacía variaciones a la historia), lo recogía y lo llevaba a su apartamento. 

María Dolores se imaginaba una vida en la que todo le llegaba a la puerta de la casa, en la que no tenía que esforzarse para hacer nada, en la que todos la complacían y todo el mundo la amaba. Se quedaba horas tirada en la cama pensando en cosas que la hacían sonreír y se encerraba con la excusa de que iba a leer o a estudiar para que nadie la interrumpiera. Estuvo tirada en la cama hasta que le dio hambre. 

"¿Tú te imaginas que...?" Así era como María Dolores empezaba a soñar. Era un diálogo constante con ella misma, en el que se proponía situaciones diversas, más felices que su vida real y que poco a poco cambiaba dentro de su mente, como construyendo un guión de cine. 

Ahora le tocaba parar de soñar y buscar comida. Vio el reloj y ya eran las tres de la tarde. Contó las horas desde que se comió la papaya y ya eran cinco sin comer. Cuando terminó de bajar la escalera, su mamá, que estaba en la sala bordando, dio un grito al verla. La joven todavía tenía la pijama y sus ojeras confirmaban lo que la madre sospechaba hacía tiempo: su hija consumía drogas. Por fin había logrado pagar la primera mensualidad del programa de rehabilitación y se inventó lo del viaje para que la hija hiciera la maleta sin sospechar nada. María Dolores estaría internada hasta que los terapeutas lo decidieran, pero de que dejaba el vicio, lo dejaba. 

"Mi amor, ¿quieres comer algo?", María Dolores asintió. Llevaba tanto tiempo sin hablar, que prefirió eso a que escucharan su voz de "niño en desarrollo", como decía ella que sonaba cuando recién se levantaba o cuando volvía a hablar después de un largo silencio. María Isabel, la madre, le sirvió un plato de carne guisada con papas y arroz, que María Dolores devoró y al final eructó de la llenura. Terminó con las manos y el pelo llenos de guiso, y su madre, al ver esa forma tan apresurada de comer, recordó lo que le había dicho María Luisa, que así comían los drogadictos después de estar trabados mucho tiempo. 

Después de comer, María Dolores se bañó, se puso ropa limpia y se encerró otra vez. No sabía qué hacer. Sentía que no podía decirle a su mamá que no quería volver, porque tampoco quería quedarse donde estaba. Quería irse corriendo, pero no sabía a dónde ni a hacer qué y ese no saber nada la paralizaba, por lo que terminaba encerrándose a dormir, llorar e imaginarse alternativas que nunca llevaría a cabo porque no se sentía capaz. 

Le escribió a Gabi, una de sus pocas amigas, a contarle la decisión de su mamá. Idearon formas de escaparse, pero María Dolores rechazó todos los planes, porque no podría vivir con la culpa de hacer sufrir a su mamá. 

Los días pasaron y María Dolores se puso cada vez más flaca, más ojerosa y más pálida. Al ver que no ayudaba a guardar las cosas, su madre y su hermana se metieron a la fuerza al cuarto para obligarla a empacar. María Dolores accedió a empacar con ellas, pero sin decir una sola palabra. Cada cosa que guardaba le traía un recuerdo o le provocaba una fantasía: los zapatos que llevó en su mente cuando soñó con descubrir una momia indígena; el vestido verde con el que abriría su gira de conciertos pro las playas del país; la camiseta llena de autógrafos de los campeones olímpicos. 

Con cada cosa que guardaba se demoraba el triple que su mamá y su hermana, porque su mente les daba un valor, una historia que las hacía irremplazables. María Isabel y María Luisa la veían con preocupación. Esperaban ansiosas el momento en que el terapeuta les dijera cuáles eran las drogas que consumía María Dolores, porque tampoco se atrevían a preguntarle a ella directamente. 

María Dolores sentía que la miraban, pero prefería pensar que eran las espectadoras de la película de su vida y que cuando ésta terminara, aplaudirían. 

***

Final

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