De las novelas, el final feliz y tal
"¿Florecita, aceptas a Julio Alberto como tu esposo, para amarlo y respetarlo [...]?" y Florecita dice, con los ojos brillantes de tanto llorar, "Sí, acepto". Después, el padre hace la misma pregunta a Julio Alberto, que voltea a verla (quizá para estar seguro), sonríe y también responde "sí, acepto". "Ahora puede besar a la novia".
Luego del beso, se hace un corte a la escena de la fiesta, en un espacio abierto del club más lujoso de la ciudad y la novela termina con un "FIN", cuando los esposos suben al carro, con la inscripción de Recién casados que los llevará al aeropuerto para empezar su luna de miel.
Hasta ahí, todo bien. Yo, por supuesto, también tengo los ojos brillantes, pues he llorado tanto o más que Florecita, durante el doloroso año que duró la novela y, al igual que ella, pienso que ese es el día más feliz de su vida.
"¡Imagínate!" le digo a mi prima Daniela, "Al final Julio Alberto y Florecita se casaron y la maldita de la Nuria no pudo hacer nada para detenerlo", yo sonrío y ella me da su mirada de aburrida, a la que ya me estoy acostumbrando. Entiendo que ella está cansada de decirme que deje de soñar con novelas, que deje la manía de creer que mi vida es una y que, por favor, madure. Pero no puedo hacerlo.
Si bien, sé que la gran mayoría de novelas, sobre todo las mexicanas, nos venden la idea de que el único final feliz posible para la vida de cualquier mujer joven es casarse con el hombre de sus sueños, después de luchar contra todo y todos (entiéndase, exnoviasensilladeruedas, madres/madrastras/madrinasdelsusodicho, enemigosamuertedelpadredelnovio, y toda clase de adversarios al amor) y que no nos muestran lo que realmente implica un matrimonio, no puedo dejar de soñar con ese "FIN" y no me importa que vaya contra la imagen de mujer independiente, postmoderna y libre que el mundo pueda tener o no de mí.
¿Por qué? porque, por mucha independencia, mente abierta y libre pensamiento que tengamos las mujeres, siempre queremos querer a alguien y, sobre todo, queremos alguien que nos quiera.
Podemos jurar en nuestros propósitos de año nuevo pasar todo el año sin pensar en hombres; hacernos las liberadas, que viven felices con encuentros de una noche; dárnoslas de autosuficientes y feministas, diciendo que los hombres no sirven para nada y que no los necesitamos; pero, me atrevo a asegurar (y perdónenme las aludidas) que son precisamente quienes así actúan, las que más ansias tienen de encontrar a ese amor de su vida, a esa "alma gemela" por la que aguantarían todo, y que también son las que más miedo sienten de no lograrlo nunca. Su actitud es sólo una máscara que usan para no enfrentar su triste realidad y hacernos creer al resto de la humanidad que ellas son diferentes.
Soñar con el típico final de novela le da algo de sentido a mi vida. Me hace ser optimista y aceptar que ya mi ex no me quiera, porque lo que pase con él vale menos ante la perspectiva de que algún día, si me porto bien, si soy buena y hago caso, si aprendo a bailar, cantar y montar en trapecio (como Preciosa), encontraré a mi Julio Alberto, Luis Fernando, Jorge Damián, Roberto Enrique, Federico, o el que sea, que me hará feliz, por lo menos hasta que nos tomen la foto en el carro de recién casados que nos llevará al aeropuerto.
Luego del beso, se hace un corte a la escena de la fiesta, en un espacio abierto del club más lujoso de la ciudad y la novela termina con un "FIN", cuando los esposos suben al carro, con la inscripción de Recién casados que los llevará al aeropuerto para empezar su luna de miel.
Hasta ahí, todo bien. Yo, por supuesto, también tengo los ojos brillantes, pues he llorado tanto o más que Florecita, durante el doloroso año que duró la novela y, al igual que ella, pienso que ese es el día más feliz de su vida.
"¡Imagínate!" le digo a mi prima Daniela, "Al final Julio Alberto y Florecita se casaron y la maldita de la Nuria no pudo hacer nada para detenerlo", yo sonrío y ella me da su mirada de aburrida, a la que ya me estoy acostumbrando. Entiendo que ella está cansada de decirme que deje de soñar con novelas, que deje la manía de creer que mi vida es una y que, por favor, madure. Pero no puedo hacerlo.
Si bien, sé que la gran mayoría de novelas, sobre todo las mexicanas, nos venden la idea de que el único final feliz posible para la vida de cualquier mujer joven es casarse con el hombre de sus sueños, después de luchar contra todo y todos (entiéndase, exnoviasensilladeruedas, madres/madrastras/madrinasdelsusodicho, enemigosamuertedelpadredelnovio, y toda clase de adversarios al amor) y que no nos muestran lo que realmente implica un matrimonio, no puedo dejar de soñar con ese "FIN" y no me importa que vaya contra la imagen de mujer independiente, postmoderna y libre que el mundo pueda tener o no de mí.
¿Por qué? porque, por mucha independencia, mente abierta y libre pensamiento que tengamos las mujeres, siempre queremos querer a alguien y, sobre todo, queremos alguien que nos quiera.
Podemos jurar en nuestros propósitos de año nuevo pasar todo el año sin pensar en hombres; hacernos las liberadas, que viven felices con encuentros de una noche; dárnoslas de autosuficientes y feministas, diciendo que los hombres no sirven para nada y que no los necesitamos; pero, me atrevo a asegurar (y perdónenme las aludidas) que son precisamente quienes así actúan, las que más ansias tienen de encontrar a ese amor de su vida, a esa "alma gemela" por la que aguantarían todo, y que también son las que más miedo sienten de no lograrlo nunca. Su actitud es sólo una máscara que usan para no enfrentar su triste realidad y hacernos creer al resto de la humanidad que ellas son diferentes.
Soñar con el típico final de novela le da algo de sentido a mi vida. Me hace ser optimista y aceptar que ya mi ex no me quiera, porque lo que pase con él vale menos ante la perspectiva de que algún día, si me porto bien, si soy buena y hago caso, si aprendo a bailar, cantar y montar en trapecio (como Preciosa), encontraré a mi Julio Alberto, Luis Fernando, Jorge Damián, Roberto Enrique, Federico, o el que sea, que me hará feliz, por lo menos hasta que nos tomen la foto en el carro de recién casados que nos llevará al aeropuerto.
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