La viejita

Recuerdo que fue un miércoles de febrero cuando vi a la viejita. Mi papá estaba trabajando en su último Cd y ese día se me dio por ir al estudio con él. Allá estuvimos hasta después de las nueve de la noche, cuando terminó de grabar una guitarra.  

Nos fuimos a comer a un asadero cercano al estudio. Yo pedí un lomo de caracho y mi papá, un chorizo de res que olía a salchicha ranchera. Terminamos de comer y justo cuando nos estábamos levantando llegó ella, la viejita. Se me hizo raro que se nos acercara y me dio pena que fuera a pensar que me había puesto de pie apurada para no hablarle. Pero ahora creo que ella debía estar más pendiente de nada, que de mis actos.  

La viejita, que aparentaba más de 70 años, medía un metro y medio y estaba encorvada, llevaba un vestido rojo brillante, de una tela parecida al terciopelo, con solapas y el borde de abajo en negro. Su pelo blanco, liso y abundante, estaba partido por la mitad, con un ganchito a cada lado. En una de las manos tenía una peinillita de esas que miden 15 centímetros de largo y que no parece que peinaran hasta que uno las prueba, o hasta que ve un cabello tan bien peinado como el de la viejita. En la otra mano tenía una pluma blanca con gris. Su cara estaba llena de arrugas; sus piernas, llenas de vellos. Calzaba un par de tenis negros y el del pie izquierdo tenía un hueco por el que se asomaba la punta del dedo gordo.  

La señora me preguntó tímidamente si sabía cómo llegar a Calima. Yo le respondí levantando los hombros y haciendo un puchero con la boca, con lo que ella entendió que no sabía. Entonces, mi papá le preguntó qué necesitaba. Ella le hizo la misma pregunta. Mi papá, que sí sabía, le explicó diciendo: “Escuchadme. Primero, tenéis que caminar por toda esta vía hasta el semáforo. Después del semáforo, seguís caminando hasta el OTRO semáforo. O sea que son dos semáforos”. La viejita volteó a ver la calle y mi papá le dijo nuevamente: “Escuchadme, que os estoy explicando cómo hacer. Después de los dos semáforos, giráis hacia la izquierda y seguís derecho derecho y así llegáis a Calima. ¿A quién tenéis allá?”. La viejita dijo que a su mamá. Él repitió las indicaciones, ella le dio las gracias y empezó a caminar. 

Mi papá le preguntó cómo iba a hacer para irse, ella dijo “a pie” como si fuera lo más obvio. Él me preguntó si la llevábamos y yo asentí. Entonces, la llamamos y le dijimos que se montara en el carro, que la íbamos a llevar. La señora mostraba no entender lo que se le decía a la primera vez, por lo que le tuvimos que repetir. El señor que cuida los carros la ayudó a subir a la camioneta. Arrancamos.  

Dimos la vuelta y llegamos al primer semáforo. Mientras, mi papá iba comentando “Tía mire, todo lo que le tocaba caminar[...] usted estaba era lejos [...]”. Yo lo que hacía era mirar por el retrovisor para grabarme bien su cara y convencerme de que se veía inocente. Seguimos andando y, nuevamente, mi papá le preguntó quién la esperaba en su casa. Tuve que repetirle la pregunta y ella volvió a decir que su mamá y su esposo. Al rato, mi papá volteó a verla y le preguntó qué le pasaba; yo vi por el espejo que se secaba una lágrima. Ella, con voz de persona fuerte, dijo que le molestaba la vista.  

Seguimos andando. Después de varios apartahoteles, la iglesia Nuestra Señora del Valle, el centro artístico “Los Recuerdos de Ella” y la “Panera”, llegamos al segundo semáforo. Mi papá volvió a hablarle: “Amiga ¿sabe cuándo iba a llegar usted a Calima? -¿cuándo? -Mañana”. La viejita no dijo nada. Ella iba agarrada del vidrio de la ventana, mirando para todas partes, pero sin fijar la mirada en nada. Tenía los ojos rojos y la boca hecha puchero, su actitud era como la de una niña perdida en un supermercado, que solo piensa en encontrar a su mamá.   

Otra vez intentamos hablar con ella. Le pregunté cómo se llamaba, me dijo que Rocío. Mi papá le preguntó por dónde vivía, dijo que por el almacén: “¿El almacén? ¿Si usted llega al almacén, se sabe ubicar? -sí, sí”. Nos dirigimos a La 14 de Calima.  

Después de volarnos un semáforo y un trancón, llegamos a dicho almacén. Ahí le volví a hablar a la viejita: “Señora Rocío, llegamos al almacén ¿Por aquí la conocen? -negó con la cabeza- ¿pero, usted se ubica desde aquí? -¿dónde estoy? -en el almacén, mire, está ahí enfrente -ah, sí, el almacén... -¿Usted sabe a dónde va?, ¿sabe llegar desde aquí? Mire que en frente está el almacén[...]”, mi papá le hablaba, pero ella no contestaba.  

Eran casi las once de la noche y ahí estábamos, al otro lado de la ciudad, tratando de ayudar a una viejiña (viejita/niña) que lo único que quería era encontrar a su mamá. A pesar de nuestras inteligencias juntas, no supimos qué más hacer, sino dejarla ahí, donde ella había pedido que la lleváramos. Mi papá le dijo que le pidiera ayuda a los vecinos, pero que nosotros nos teníamos que ir. La viejita seguro no entendió o no escuchó, sino que vio que yo le abría la puerta y la ayudaba a bajar del carro.  

Mientras le daba mi brazo como apoyo, me preguntaba si eso era lo correcto, qué más podía hacer. No se me ocurrió nada, pero no quedé feliz al dejarla ahí. La viejita se bajó y dio unos pasos cortos y lentos, en dirección a una casa, en cuya terraza había una mujer y un hombre. Yo volví a subir al carro y mi papá arrancó, esta vez, con dirección al sur, a casa.  


***

Hoy, después de leer la historia, un amigo me dijo que cerca al almacén queda el cementerio del norte. Yo no sé qué pensar, supongo que ahí están los restos de su esposo y su madre. Quizás ese era el lugar al que ella realmente quería ir y sí la ayudamos. O no. 

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