Para una gata que ya no está
El golpear de la lluvia me despertó esa madrugada, como si no hubiera sido difícil conciliar el sueño. Recorrí el cuarto con la mirada, buscándote y me preocupé al no encontrarte. Me levanté y salí hacia el pasillo. Nada. Entré al baño y ahí estabas, al lado del inodoro con tu pecho contra el piso, enfriándote, como si supieras que eso te haría mal, como si jugaras una vez más a llevarme la contraria.
Te cargué y te traje de nuevo a la cama, me acosté y luego te puse sobre mí. No sentí tu calor habitual, sino un pecho frío y húmedo y una respiración distante. Te apartaste de mí a los pocos minutos y te fuiste para un rincón que nunca te había gustado, pero que en esos días escogiste como refugio.
Me levanté dos veces más, para encontrarte nuevamente en el baño, o en el suelo. Ya no sé bien, es lo que pasa con los recuerdos. Lo que sé es que no querías estar cerca de mí. Intenté arroparte y que durmiéramos juntas como antes y todas las veces me rechazaste. Cuando sonó la alarma, vi que otra vez estabas en el rincón frente a mi cama, estirada, como buscando que todo el frío le llegara a tu pecho. Salí apresurada a buscar comida para darte y esta vez tu lengua se quedó quieta, ya no la recibiste, no tenías hambre.
No supe leer tus acciones, no supe leer tu distancia. Era el miedo a que te fueras. La necesidad de tenerte más tiempo conmigo. Cuando por fin gritaste que te ibas, me asusté al ver ese cuerpo que ya no eras tú. Un cuerpo tieso, inmóvil, frío. Esa no eras tú. Y dejé el cuerpo donde pude, donde la emoción me permitió. Porque no quería verlo, pues ya tú no estabas ahí.
Tú eras cálida, tierna, ágil. Siempre linda, viva, despierta. Con tus ojos que me decían tanto, tus orejas siempre listas para el chisme y amantes de la música, tu cola que se movía al compás del amor. Recuerdo que cuando llegaste tenías la mirada desafiante, como de estar a la defensiva, o por lo menos así la entendí. Pero aquella mirada volvió esa madrugada y vi que no era violencia sino debilidad lo que representaba. Esa debilidad de bebé abandonada cuando llegaste a mí, la misma de un ser cansado que en ese momento sólo quería morir.
Hice lo que pude porque te quedaras, pero tú ya habías decidido partir. Dicen que ustedes, cuando sienten que un peligro nos acecha, dan la vida como muestra de amor. ¿De qué habrás querido salvarme? Porque yo no tengo duda de que me amaras. Siempre lo demostraste.
Ay, Sierva, si la vida te volviera a poner en mi camino, te volvería a recibir. Una, cien, todas las veces. Tú fuiste mi alegría, mi compañera, mi familia. Sólo tú me querías de esa forma pura, sin condiciones y sin temores. Sólo a ti te dije las cosas que a nadie más, cuando te quedabas conmigo, viéndome llorar. Me cuidaste siempre que pudiste, procuraste sanarme en la enfermedad, me acompañabas a todas partes (dentro de la casa, claro) y siempre que te perdiste encontraste la forma de volver a mí.
Hiciste mi corazón más grande, me enseñaste a amarte, a aceptarte, a entenderte, al punto que parecía que hablábamos el mismo idioma. Yo no sé ahora qué haré con el hueco que queda en mí. Porque el amor que siento nació gracias a ti, porque fuiste mi razón para volver a la casa, o para rechazar salir. Tú siempre estuviste y me curaste la soledad con tu presencia silenciosa, pero que invadía todo este lugar.
Yo no quería llorarte, no quise hacerlo, porque sabía que este día igual llegaría. Pero llorarte es la única forma que encuentro para sacar esta tristeza. Llorarte, porque es la única manera de despedir a un amor que sólo trajo risas y alegría a mi camino. Te lloro, porque te lo mereces, porque te lo ganaste, porque bastante que he llorado por cosas que no valen la pena, como para negarme a llorar por ti. Te lloro y me duele la cabeza. Te lloro y oigo a lo lejos un sonido que me recuerda a ti. Te lloro, me calmo y te vuelvo a llorar. Te lloro, porque te extraño, porque me parece mentira que no estés, porque te veo como si siguieras siendo mi realidad.
Vi ese cuerpo inerte y no pude decirle nada, pues no me inspiraba nada. Ahora escribo mientras lloro y pienso que si todavía estuvieras aquí, yo no estaría escribiendo, porque tendría otras ocupaciones que atender y ni siquiera estaríamos juntas. Sin embargo, al llegar a la casa, me recibirías desde la ventana, con ese maullido que era un reclamo por haberme ido, por haberte dejado. Y después vendría el ronroneo, que era tu canción de amor hacia mí, mientras me mirabas fijamente, como grabándome en tu ser. Luego vendrían las historias de ambas, el comer, el dormir. Después un nuevo día, de un ciclo que llegó a su fin.
Ay, Sierva María, vivir será difícil sin ti.
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