La Procesión
El Domingo de Ramos del 2001, a eso de las 9 de la mañana, pasó la procesión por la carretera que divide las etapas 1 y 2 de la Urbanización Almirante Colón, en Cartagena. Yo era una niña de 9 años, que ya sentía el deseo de andar libre por el mundo, siendo independiente y sin pedir permiso a nadie para hacer nada. Mis primas Cindy y Verónica tenían 11 y 6 años, respectivamente. No sé que sentimientos o deseos animaban sus vidas en ese momento, pero lo cierto es que las tres terminamos metidas entre la multitud.
La procesión venía de la sede de bachillerato del Colegio Militar Almirante Colón y estaba conformada por los estudiantes, vestidos con su uniforme gris y vino tinto, la banda, con sus liras, redoblantes, bombos y platillos, el cura, las beatas y mucha gente del barrio, cargando sus ramos de palma. Recuerdo haberle pedido permiso a mi mamá para seguir a los vecinos y también ver que Leibys, la vecina de la casa diagonal a la nuestra y que podría tener entre 14 y 16 años, hacía parte de los estudiantes que marchaban.
Y ahí íbamos Cindy, Vero y yo, caminando por el barrio, subiendo la loma hacia Los Caracoles y luego, doblando hacia la derecha, en dirección a El Campestre. La gente se sumaba y se salía de la procesión en diferentes puntos y en algún momento, Cindy -guiada por su intuición- empezó a decir que nos devolviéramos, pero yo -guiada por mi curiosidad- fui tajante al decir que no. Estaba convencida de que así como el río de gente iba, volvería al mismo punto y tenía muchas ganas de saber cómo terminaba la jornada, a ver si se confirmaba mi hipótesis.
Entonces seguimos caminando. Con sed. Bajo el sol. Sudando. Perdí de vista a Leibys, pero seguimos caminando. Entramos al Campestre y ya como que no había tanta gente, pero seguimos caminando. Las casas ya no se parecían a las de nuestro barrio, las calles no estaban pavimentadas. Y nos tocó seguir caminando porque, a esas alturas, no sabíamos cómo regresar.
Terminamos en la iglesia del barrio Vista Hermosa donde se iba a hacer la misa con la que finalizan las procesiones. Todo se veía amarillo por el sol y la arena de las calles. Ninguna de las tres atendió la misa. En ese momento no había ninguna cara conocida entre los feligreses y yo no tenía idea de cómo volver a casa. Recuerdo consolar a Vero, que lloraba y sentir rabia con Cindy, para no aceptar que desde el principio, tuvo razón. La misa se acabó y yo aún no tenía idea de qué hacer. No me atrevía a hablarle a nadie, porque mi mamá me había enseñado a no hablar con extraños, menos en ese barrio que era tan diferente al mío. También me daba vergüenza reconocer en voz alta que me había equivocado y, de paso, había arrastrado a mis primas a mi error. No me quedó de otra que llorar con ellas.
Estábamos las tres sentadas en la escalera de la entrada a la iglesia, llorando, moqueando, con sed y sudando, cuando vi aparecer a mi mamá, nuestra salvadora, que venía a rescatarnos de ese infierno de sol y arena. Se bajó del carro de mi abuelo, un taxi Mazda de placa terminada en 132, que venía manejando mi tío Julio. Con ella, llegaron los abrazos y las preguntas sobre cómo estábamos y cómo habíamos llegado ahí. El rescate fue breve y en pocos minutos volvimos a la casa.
No recuerdo los comentarios, ni si hubo regaños o no. Mi abuela, que siempre tiene un dicho para cada situación, no dijo nada, pero me la imagino ahora leyendo esta historia y pensando que eso nos pasó por seguirme a mí, la "andundera, pata'e perro, 'esgoberná y suelta de madrina" de la familia.
Espero que algo hayas aprendido de esa experiencia.
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