Seis cosas que antes no y ahora sí


Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Hoy quiero compartir con ustedes estas seis cosas que antes despreciaba y ahora me encantan. 

1. La yuca. No la valoré hasta que probé la yuca que comen los caleños, que es rucha por excelencia. Recuerdo la primera vez que vi un pedazo de yuca en un sancocho valluno, la ilusión con que mis pupilas se espepitaron, la alegría con que me lo llevé a la boca, alegría que se esfumó al sentir que no se deshacía, que me tocaba morder, masticar, y que a pesar de eso, no sabía igual, no era harinosa, no tenía sustancia. 

En ese instante de tristeza y desilusión recordé las mañanas en la casa de mi abuela, en las que rechazaba la yuca que me ofrecía para desayunar porque no me gustaba (no la había probado) y prefería comerme un pedazo de pan blanco, insípido, como ya sabemos que es. Intenté darle la oportunidad a la yuca valluna un par de veces más, hasta que me convencí de que eso no tenía sentido, pues nada habría de mejorar. 

2. La champeta. Bueno, esta ya me gustaba desde antes de irme de Cartagena, pero sólo me dediqué a conocerla, recordarla y apreciarla estando en Cali. El estar sola y tener tantos momentos de nostalgia, me llevaron a buscar esos sonidos con los que crecí (así los evitara), los que ambientaron mi infancia y adolescencia, que me fastidiaban o me avergonzaban, pero que hacen parte de mi identidad. 

Ahora cuando pongo las champeticas que me gustan, me siento tranquila, como si volviera a caminar por el Almirante Colón, o por el Campestre. Me río, porque por fin entiendo las letras -pues ya las escucho y las analizo, cosa que antes no hacía- y admiro a esos que durante tanto tiempo cargaron con el estigma de ser negros y atreverse a hacer música en una ciudad como Cartagena, en la que lo peor que le puede pasar a alguien es ser negro, o negra. 

3. El vallenato. Pasó lo mismo que con la champeta, pero mi desprecio hacia él era mayor, ya no sé ni por qué. Resulta que estando acá, en una de esas mañanas en que me levanté añorando mi tierra, se me dio por poner “una yuquita”, convencida de que iba a ser suficiente. Cuando vine a ver, estuve por más de una hora nada más que oyendo vallenato y, lo mejor, me sabía todas las canciones. Todavía hoy me asombra cómo mi mente memorizó tantas letras de canciones que yo decía que no me gustaban, como si se estuviera preparando para el momento en que la distancia haría su trabajo.  

4. Diomedes. Me caía mal. Me daba rabia. No entendía por qué sonaba en todas partes, por qué lo querían. Afortunadamente, lo escuché con detenimiento y pude ver la luz. 



5. Olímpica Stéreo. No me gustaba porque ponían champeta, vallenato y, sobre todo, a Diomedes. No me gustaba porque gritaban y hablaban encima de las canciones, los locutores eran unos repelentes que siempre estaban haciendo chistes y hablaban con un lenguaje demasiado popular para mi gusto. 

Hoy me gusta porque ponen champeta, vallenato y, sobre todo, a Diomedes. Me gusta porque gritan y hablan encima de las canciones, los locutores son unos repelentes que siempre están haciendo chistes y hablando el lenguaje del pueblo. 

Me divierte enterarme de que están regalando un picó, un picó; disfruto cuando llaman a la gente a las casas, porque a veces me hace falta oír un hablao igual al mío, porque a veces me canso del ve, del vení, del vojabés y Olímpica me hace sentir que escucho a mi casa.   

6. Los sparrings. Ay, los sparrings. Esos personajes que dicen “mi tía”, “rapidito que voy con tiempo”, “mama, en el centro hay puesto”; te agarran para hacerte subir a la buseta así tú no vayas para donde ellos van, tiran besos, dicen piropos, cuentan chistes, cantan, cobran. Cómo los extraño, aquí también hay buses y éstos tienen sus ayudantes, pero no son sparrings y nada es lo mismo. 



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