Mentira
La mentira es una creación
humana que llena los espacios donde creemos que no caben las
verdades. Es esa comida chatarra que comemos porque, aunque no nos
nutra y nos llene de gases, se prepara más rápido, sabe “mejor”
y es más divertida que la comida de verdad. Es una patada de
ahogado. Es lo que sale de nosotros cuando no queremos sufrir. La
respuesta más bonita a las preguntas difíciles.
La mentira es un bebé terco que
tiene miedo de nacer, pues es muy feliz en el vientre de la madre y
lucha por quedarse ahí. Él logra no salir, pero termina muriendo envenenado en el vientre. Por algo se dice que las cosas salen a la luz,
porque la verdad es eso: dar a luz. Es un parto que duele, sí, pero
que da vida.
La mentira es un paseo a una
dulcería en el que nos emocionamos y empezamos a llenarnos de
gomitas, chocolates, tortuguitas con centro líquido, barritas
agridulces, chicles y masmelos. Somos felices porque además, todo es
gratis. Después queda la diarrea, el dolor de cabeza y la promesa de
nunca más volver a comer así, si es que aprendemos la lección.
Trato (no siempre lo logro) de no ser amiga de las mentiras
porque esas viejas son unas falsas. Se hacen las valecitas, las Bffs,
nos acompañan en los momentos difíciles y dicen que todo va a estar
bien, que confiemos en ellas, que nos van a ayudar. Al principio son
divertidas, cuentan historias interesantes, halagan nuestra ropa y
peinado, nos hacen sentir como en casa; pero cuando pasa el tiempo se
abren y van a hacer nuevas amistades con gente de mejor posición.
Después descubrimos que nos robaron y nos dejaron en la inmunda. Lo
peor es que como confiamos en ellas, conocieron todos nuestros
secretos y ahora andan contándolos por todas partes y a todo el
mundo sin ninguna consideración.
Mentir es retener agua en una
alberca por miedo a que algún día falte y darse cuenta después de
que ese agua que cuidamos con tanto celo se llenó de gusarapos, se
puso hedionda y ya nadie la puede tomar. Con mucho esfuerzo para
superar el asco, de pronto sirva para trapear.
La mentira es mala, dañina, sobre todo
porque nos la decimos a nosotros mismos. Ella es peor que la bobez de
los hombres porque es la hija que todos y todas tenemos. Es esa niña
linda que en un principio fue muy tierna y nos despertaba ganas de
vivir abrazados a ella, a sus cachetes y sus piernitas de Michelín. Es el retoño
que cuando crece no queremos que se vaya de la casa, nos aferramos a
ella porque no sabríamos cómo sería la vida sin su sonrisa, sin su
alegría, sin sus cuentos. Le rogamos que se quede y ella nos
complace, pero poco a poco se convierte en una parásita y cuando
volvemos a ver es una mujer amargada de cincuenta años que nunca se
preocupó por trabajar y vive de nosotros, en nuestra casa, mandando,
dominando, decidiendo y gastando nuestra plata y energía. Termina matándonos para quedar con la pensión y poder disfrutarla sus últimos años de vida.
Mentir es morir, condenarse,
porque cuando mentimos nos hacemos esclavos de esa mentira, que nos
domina a través del miedo a que nos descubran. Quien miente no es
feliz, es un triste preso. Yo quiero libertad. Quiero la verdad.
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