El día de la negra
Hoy
la negra está triste y muy pocos la entienden. La mayoría piensa
que debería celebrar, pues es su cumpleaños; pero la negra no
quiere fiestas, hoy no tiene ganas de bailar. Terminó de lavar las
ollas del almuerzo y montó la cafetera pequeña, la de 4 tazas, para
hacer su tinto de la tarde. A ella no le gusta esa cafetera, pero
como está sola en la casa le tocó usarla. Fue al cuarto y se puso
su vestido amarillo. Sacó la mecedora a la terraza y se sentó a
pensar.
Los
vecinos pasan y la saludan, la felicitan. Ella responde solo porque su mamá la enseñó a saludar, pero realmente no tiene ganas de
hablar. Se queda viendo lejos, con la mirada perdida entre el cielo y
sus recuerdos. El ojo izquierdo le llora cuando suena en su cabeza la
lírica del que dijo que “del yugo las cadenas cual heroica fiera
destrozó”. Se seca las lágrimas antes de que alguien las vea.
Llega
la vecina de en frente “Feliz cumpleaños, vecina ¿Cómo está?
¿Muy regalada? ¿Y sus hijos ya la felicitaron? Imagínese que en mi
último cumpleaños, los míos me dieron una serenata y tremenda
fiesta hasta las siete de la mañana. No me trajeron flores, pero
esos muchachos son más buenos. Me cuidan, me cocinan, no dejan que
nadie me mire, ellos no quieren fiesta conmigo[...]”. La
negra la mira fijamente y pone su mejor cara para que la vecina no
note la tristeza que le da.
Mientras
la vecina se explaya en contar las bondades de sus hijos, la negra
voltea hacia adentro de la casa como para vigilar la cafetera, pero
en realidad piensa en sus hijos mayores, en los primeros que tuvo y
que ya murieron, se los mataron. Cómo los extraña. Esos sí que la
querían. Eran fuertes, guerreros, orgullosos de ser sus hijos. No
permitían que nadie la tocara y prefirieron morir luchando antes que
entregarla. Sucumbieron porque hubo una ingrata que se dejó
embelesar por la cara blanca y los ojos claros de un tal Heredia. La
Catalina siempre quiso más. Era una acomplejada que no quería ni a
su madre ni a sus hermanos y le dio al Heredia la información
necesaria para adueñarse de su casa, a cambio de que le “subiera
el status”.
Antes
de que la rabia le llegue a la cara, la negra voltea y le sonríe a
la vecina, para que crea que sí la está escuchando y continúe
tranquila su monólogo. La mente de la negra vuelve al ayer, a los
años en que llegaron esos hijos adoptivos de una tierra tan lejana
y, gracias a ellos, tan cercana. Vinieron arrastrando cadenas y con
el sufrimiento estampado en el rostro. La amaron a pesar de todo y
construyeron para ella esas casas, castillos y murallas, que la
embellecieron y le dieron la gloria de la que tanto se habla hoy.
A
esos también los extraña. Cómo le dolió cuando empezaron a huir
hacia el monte para armar su palenque; pero los comprende y se
enorgullece de que no se hayan dejado humillar, de que hayan tenido
dignidad. Recordarlos la hace sonreír de verdad por primera vez en
el día. Enseguida viene a ella la imagen de Pedro, su Pedrito. Ese
mulato que llegó de La Habana -no recuerda bien cuándo- a
liberarla, unido a los lanceros getsemanicenses y a muchos otros que
hoy muy pocos recuerdan, de esos españoles mala clase que la tenían
esclavizada. Esos sí fueron buenos hijos, ella quisiera que aún
vivieran o por lo menos le gustaría tener una foto de su Pedro que
tanto la amó.
La
vecina detiene su parloteo. Se da cuenta de que estaba hablando sola
y se despide con la excusa de que sus hijos pequeños la están
esperando. La negra vuelve de su viaje porque ya el café huele. Se
levanta de la mecedora y corre hacia la cocina a apagar el fogón
antes de que se haga reguero. Pasa el café a una jarra y lo endulza.
Se sirve un pocillo y guarda el resto en el termo.
Vuelve
a la terraza con su café en la mano, pensando en los hijos que tiene
ahora, en cómo se han olvidado de ella y de sus hermanos mayores. Ni
siquiera saben cómo se llaman y viven haciéndole homenajes a ese
tal Heredia, como si fuera el visitante más ilustre que hubieran
tenido. A ella le duele que ellos no la valoren, que no la cuiden,
que no la quieran. Sufre porque siente que les estorba y que la
quieren regalar a otros sin pensar si eso es lo mejor para ella. En
toda su vida ha soportado mucho, pero nada le había dolido como la
ingratitud e indiferencia de sus hijos. Nada la lastima como ver que
ellos no recuerdan que ella es su madre, no del cachaco ni del gringo
ni del paisa de la tienda. Suya.
Se
sorprende al llegar a la terraza y ver al cachaco de la esquina que
la saluda y le entrega una caja. Adentro hay chocolates. Ella medio
sonríe y le agradece. Piensa una vez más que si sus hijos siguen
como van, va a terminar por casarse con este rolo, que así no sepa
bailar, la puede querer bien y de pronto sea feliz. La llegada de un
grupo de jóvenes interrumpe sus pensamientos. Le brillan los ojos al
ver a sus pelaos. Ella pensaba que habían olvidado este día y su
corazón brinca de alegría, pues ellos no la dejan perder la
esperanza. Es por ellos que no le ha dicho que sí al cachaco vecino.
Ellos
son la patinadora, el beisbolista, el boxeador, la historiadora,
la médico, el politólogo, la escritora, el periodista, el
ingeniero, los músicos, la bailarina, la profesora y muchos más.
Son los que desde niños se interesaron por aprender a cocinar como
ella, los que oían las historias que ella les contaba de indios y
esclavos, de brujas y piratas. Son los que siempre le dijeron que
cuando fueran grandes la iban a cuidar, que no la iban a abandonar ni
meter a un asilo. Ellos, que aunque vivan lejos, la llevan siempre en
el alma, en la sazón, en el acento, en el bailar. Los que le
perdonan sus faltas y trabajan para darle la vida que ella merece.
Los que limpian la casa, los que saludan a los vecinos con alegría,
los que abrazan.
Vienen
con un pudín gigante, globos y gaita. Entran en la sala y
reorganizan los muebles para caber todos. Se toman el café, prenden
el equipo y salen a invitar a los vecinos al festejo. Con cumbia,
chalupa, chandé, tambora y bullerengue arman su pachanga. La negra
no quería fiesta, pero a estos muchachos no les puede negar nada. Y
tampoco puede evitar bailar, reír y llorar de felicidad al recibir
tanto amor. Los hijos son felices por alegrar a su mamá.
Es
la hora de soplar las velas. Mientras los hijos cantan, la negra
cierra los ojos y pide. Como toda madre, se olvida de ella y ruega
por sus hijos, porque sus niños y niñas tengan educación, comida y
salud y dejen de pescar arencas en las aguas negras de la ciénaga.
Pide porque a las niñas las valoren y no las dejen caer en las
manos de esos turistas que vienen a abusar de ellas. Pide porque los
niños tengan sueños y los cumplan, que tengan más opciones aparte
de ser sparrings o mototaxistas. Pide por los adolescentes que andan
en pandillas. También ruega por los que más la entristecen, esos
que tienen dinero y poder y los usan solo para beneficiarse ellos.
La
negra desea que todos sus hijos se amen, que los más fuertes ayuden
y protejan a los débiles; que sean solidarios, comprensivos y
amorosos. Que los que no están ahí con ella se acerquen a los que
sí están y se dejen conducir por estos hacia la paz. Abre los ojos
y mira a sus muchachos queridos con agradecimiento. Ellos reciben esa
mirada y le sonríen como un compromiso a seguir luchando por ella.
La negra también sonríe y sopla. Se apagan las 481 velas.
Sin palabras. todo esta dicho, solo queda felicitarte por tan excelente escrito.
ResponderBorrarSe perfila como una de las mejores escritoras de este país.
ResponderBorrarMuchas gracias :D
ResponderBorrar